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El Great Ocean Road

  • Writer: María José
    María José
  • Jan 27
  • 3 min read

Updated: Feb 7

Partimos desde Melbourne e hicimos nuestra primera parada en el hermoso pueblito de Lorne. Mientras entrabamos a la localidad nos fuimos percatando de lo vibrante que era la vida ahí durante los meses de verano. Familias caminaban por el paseo costero de la mano de sus hijos o paseando a sus perros mientras observaban la variada oferta de restoranes y pubs que prometían un gran momento.

Nuestra parada en Lorne fue muy breve, caminamos por su costnera, visitamos sus tiendas locales, que nos dieron una vibra entre Algarrobo y Cachagua. Finalmente, nos dio la hora de almuerzo y tuvimos que decidirnos por un solo restorán dentro de la diversa oferta gastronómica que ofrecía el lugar, desde el famoso "Fish & Chips" hasta los más finos manjares. Nuestra elección fue un restorán de hamburguesas, en donde compramos unas burguers clásicas para poner evaluar el precio - calidad que ofrecía el lugar... Le dimo un 8/10, ya que la carne de vacuno era tan orgánica que tenía mucho sabor a cordero y el valor no incluía las papitas fritas. De hecho, le preguntamos a la persona que nos atendío si la hamburguesa que nos sirvío era de cordero, y nos comentó que cuando ella probó su primera hamburguesa en dicho restorán, también pensó que era hamburguesa de cordero.

Luego del almuerzo, continuamos nuestro trayecto hacia Apollo Bay, donde pasaríamos nuestra primera noche. Nos hospedamos en un hostal ecológico llamado Apollo Eco Lodge —un nombre bastante original—, y la chica que nos hizo el check-in era chilena.

No sacamos muchas fotos en Apollo Bay, ya que tanta expedición matutina nos dejó cansados. Por eso, solo salimos a dar una vuelta a la manzana y luego regresamos al hostal para cocinar.

A la mañana siguiente, emprendimos rumbo hacia Cape Otway Lightstation, el mayor atractivo turístico de Apollo Bay. Allí se encuentra un faro icónico, utilizado por marinos y

¿Alguien podrá descifrar este código morse?
¿Alguien podrá descifrar este código morse?

militares durante la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, no pudimos subir al faro porque se encontraba en mantenimiento, pero eso no nos impidió sacar buenas fotos para registrar nuestros recuerdos.

La vista y los acantilados de esta lugar eran hermosos.
La vista y los acantilados de esta lugar eran hermosos.

Luego de terminar nuestro recorrido por el faro, emprendimos rumbo al broche de oro de este road trip: el anhelado mirador de los Doce Apóstoles. El paisaje era prometedor y, a medida que nos acercábamos, la ansiedad por llegar iba en aumento.

Los Doce Apóstoles son unos farallones de piedra caliza que alcanzan hasta los 45 metros de altura. Quizás por el nombre todos pensamos que habría doce, pero no… en realidad son solo ocho. A continuación, les comparto algunas imágenes y un mini video en donde con Felipe nos creemos Federico y Comparini haciendo un city tour on tour.



City Tour on Tour junto a Federica Sánchez y Nicolás Comparini

La aventura tenía que continuar; nuestro viaje no podía terminar ahí. Todavía nos esperaba el Airbnb Butterfly Farm, nuestro refugio de esa noche en la localidad de Peterborough. Pero, como ya era costumbre, el camino volvió a tentarnos y seguimos deteniéndonos en cada mirador que el paisaje nos ofrecía, incapaces de resistirnos a esos acantilados infinitos.

El mirador que más nos impactó no recordamos cómo se llamaba, pero fue imposible olvidarlo. Una fila eterna se extendía prácticamente por toda la escalera hasta llegar al tan codiciado spot instagrameable. Y claro, si había fila, era por algo.

Al llegar, entendimos todo. Una roca enorme enmarcaba el paisaje como si fuera un portarretratos natural, de esos que te obligan a sacar la mejor foto de tu vida. No había margen de error: esa foto tenía que quedar perfecta sí o sí. Así que, en un acto de diplomacia viajera, le dije a Felipe que debíamos hacernos amigos de los chinos para que nos sacaran la foto.

La pareja que estaba antes que nosotros en la fila era increíblemente espontánea, cambiando de poses como si estuvieran en plena sesión profesional. No pudimos evitar reírnos. Y, como era de esperarse, cuando llegó nuestro turno, les pedimos que nos tomaran la foto… e imitamos exactamente sus poses. El resultado fue el siguiente:



A los chinos les salió mejor esta pose que a nosotros.


Si algo hemos aprendido en nuestras experiencias de viajeros, es que los chinos toman muy buenas fotos. Y lo que comenzó a modo de risas, terminó siendo nuestra mejor colección de fotos del viaje. Desde ahora en adelante, solo le pediremos a los chinos que nos tomen fotos, ya que son muy metódicos cuando se trata de inmortalizar recuerdos, y simplemente son los mejores.

Al terminar la expedición, nos fuimos directo al hospedaje a descansar y recargar pilas para el día siguiente, porque todo lo que habíamos manejado durante dos días ahora tocaba hacerlo en uno solo. Y pues nada, el deber llama y había que volver a la chambear.

 
 
 

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